Adiós a los soldados artistas

1914, año de comienzo de la Gran Guerra. El pintor surrealista Giorgio de Chirico realiza un retrato de Guillaume Apollinaire, el hombre que inventó el término surrealista. Apollinaire aparece como una escultura clásica; ciego, como símbolo homérico del poeta. Titula el lienzo “Retrato premonitorio de Guillaume Apollinaire”. En el fondo, sobre la silueta de un hombre dibuja el círculo de un objetivo sobre su sien izquierda. Dos años después, Apollinaire combate con la infantería francesa. Recibe una herida de bala de la que nunca se recuperó. En la sien izquierda. En 1918 muere a causa de la gripe española que contrajo en la contienda.

Apollinaire fue uno de los cientos de artistas que combatieron en la I Guerra Mundial y uno de sus cadáveres más célebres. En 1914, la herencia del sentimiento nacionalista-romántico del XIX era todavía una de las principales inspiraciones para los creadores. La nueva guerra, sin embargo, terminaría para siempre con ese ideal heroico. Otro surrealista, Max Ernst, que combatió pero sobrevivió, lo subrayó en una frase de su autobiografía: “Max Ernst murió el 1 de agosto de 1914”.

Pintores, escritores o músicos se lanzaron al frente ya sea inflamados de patriotismo, ansiando aventuras, o arrastrados por el signo de su tiempo. Entre los soldados, especialmente alemanes, franceses, británicos y estadounidenses, estaban algunos de los miembros más célebres de una generación. Este no es un repaso a las obras que las guerra les inspiro, sino a las cicatrices que marcó en sus biografías.

La fiesta mundial de la muerte

“¡Guerra! Era una purificación, una liberación lo que sentimos, y una inmensa esperanza”, decía el novelista alemán Thomas Mann en Pensamientos en la guerra (1914), un escrito sobre el papel del “artista soldado”.

No era solo una manera de hablar: el ejército británico contaba entre 1882 y 1921 con The Artist Rifles, una división formada por pintores, escultores, arquitectos. Entre ellos estaban los hermanos pintores Paul y John Nash. Su inicial patriotismo se fue escorando según se acercaron al horror del frente. En una caída en la trinchera, Paul se rompió una costilla y regresó a Londres. Unos días después, la mayoría de su unidad murió en un ataque.

En una carta a su esposa escribió: “Nunca más seré un artista interesado y curioso. Soy un mensajero que traerá de vuelta la palabra de los hombres que combaten a aquellos que quieren que la guerra siga para siempre. Mi mensaje será débil e incoherente, pero tendrá una verdad amarga que puede que incendie sus repugnantes almas”.

En el otro bando, nadie refleja mejor el sopapo con la realidad de la contienda que el pintor expresionista alemán Otto Dix. Voluntario entusiasta, combatió durante tres años y obtuvo la Cruz de Hierro. A partir de entonces comenzó a tener pesadillas recurrentes en las que se arrastraba a través de casas destruidas. Plasmó el trauma en obras de los años 20. Cuando los nazis llegaron al poder, consideraron su arte “degenerado” y algunos de sus cuadros fueron incautados, como los que recientemente aparecieron en el llamado “tesoro de Munich”. Su colega de movimiento Ernst Ludwig Kirchner pasó dos años en un sanatorio suizo tras abandonar herido el frente.

La I Guerra Mundial inició el declive de la glorificación bélica en el arte que confirmaría para siempre la II Guerra Mundial. El propio Thoman Mann, que no combatió, pero al que su devoción germanófila le enemistó con su hermano Heinrich, lo certificó cuando en La montaña mágica calificó el enfrentamiento como “Fiesta mundial de la muerte”.

"The Menin Road" (1919) Paul Nash, Imperial War Museum, London.
“The Menin Road” (1919) Paul Nash, Imperial War Museum, London.

 

Heridos, muertos y héroes

En la relación de combatientes ilesos hay nombres como Raymond Chandler, James M. Cain, E.E. Cummings y John Dos Passos, Carl Orff. Jean Cocteau, Somerset Maugham Gustav Holst o Bertold Bretch. Scott Fitzgerald y William Faulkner llegaron a alistarse, pero no viajaron al frente.

La lista de heridos en combate incluye a los escritores Robert Graves, J.R.R. Tolkien, C.S. Lewis, Dashiell Hammett; el músico Ralph Vaughan Williams; el escultor Henry Moore; o los pintores Georges Braque y Fernand Leger.

El pianista Paul Wittgenstein, hermano mayor del filósofo Ludwig, perdió el brazo derecho sirviendo al ejército Austro-Húngaro. Decidió ser un pianista de una sola mano y Britten, Prokofiev, Strauus o Ravel compusieron piezas exclusivamente para él.

En el imaginario colectivo, la imagen del artista en la I Guerra Mundial es la del bravucón Ernest Hemingway, cuya Adiós a las armas es una de las novelas del conflicto. Rechazado en el ejército por su vista defectuosa, trabajó para la cruz roja en Italia donde fue herido en las dos piernas. A pesar de eso, logró arrastrar a un soldado italiano herido a un lugar seguro, por lo que fue condecorado.

Pero para inverosímil la peripecia de W.E. Johns, autor británico de la serie de famosas novelas juveniles Biggles. Con 21 años, sobrevivió a la desastrosa campaña de su ejército en Gallipoli (Turquía) en 1915. Al año siguiente contrajo malaria en el frente macedonio. En 1917 ingresó en la RFC (fuerza área) ejerciendo de instructor de vuelo y en tres días consecutivos estrelló tres aviones diferentes. De vuelta al frente, su avión fue derribado aunque consiguió sobrevivir como prisionero de guerra hasta al final de la misma.

Entre los caídos destaca Umberto Boccioni, tal vez el artista más relevante fallecido en el conflicto (aunque para gustos, colores y en sus cuadros hay muchos). Miembro destacado del futurismo italiano, no llegó al frente: sufrió una caído mortal del caballo durante su entrenamiento en Verona.

Tras la movilización, el ejército alemán identificó a “artistas notables” a los que retirar de la lucha. El pintor expresionista Franz Marc estaba en la lista pero la metralla atravesó su cabeza en la batalla de Verdún antes de que llegara la orden. El mismo destino que sufrió su compañero de movimiento August Macke.

Henri Gaudier-Brezska, joven artista francés de enorme talento, resume la desconcertante velocidad de la época: anarquista y antimilitarista, considerado desertor, se transformó en un corajudo combatiente condecorado antes de morir de un tiro en la cabeza. Tenía 23 años.

Alfred Joyce Kilmer, poeta estadounidense autor de Árboles, uno de los poemas más conocidos en lengua inglesa, murió avanzando en solitario par investigar las líneas enemigas en la segunda batalla de Marne.

Incluso un país neutral como España perdió al músico Enrique Granados. El Sussex, un barco de pasajeros en el que atravesaba el Canal de la Mancha fue torpedeado por un submarino alemán. El barco no se hundió, pero el bote salvavidas volcó.

Compositores en guerra

Si los pintores expresionistas alemanes y los fauvistas franceses compartían intereses estéticos, la guerra franco-alemana tenía su eco musical. Una rivalidad descrita en el libro de Alex Ross El ruido eterno.

Los compositores alemanes todavía bebían del nacionalismo del todopoderoso Wagner. Y aunque Strauss y Schöenberg ya habían matado al padre con la introducción de la atonalidad, todavía se veía la guerra como una oportunidad de sepultar a la música francesa. Schöenberg lo expreso así: “Ahora arrojaremos a estos mediocres sembradores de kitsch a la esclavitud, y habrán de aprender a venerar el espíritu alemán”.

En Francia correspondían con el odio al poderoso, a la hegemónica tradición musical alemana. Se prohibió interpretar el repertorio alemán. Claude Debussy le escribió a Igor Stravinsky: “Los miasmas austro-boches están extendiéndose por el arte. Una nueva belleza habrá de llenar el aire cuando enmudezcan los cañones”.

El compositor francés Alberic Magnard se defendió de la invasión disparando a los soldados alemanes desde su ventana. Murió cuando incendiaron su casa junto a sus partituras inéditas.

Schöenberg y los más importantes compositores alemanes no entraron en combate y se resistieron a creer noticias como la masacre de Dinant (localidad belga donde los alemanes mataron a 700 civiles).

Maurice Ravel en 1916
Maurice Ravel en 1916

El francés Maurice Ravel, un soldado improbable por dandi, avanzada edad y pequeña estatura, se empeñó en alistarse como conductor de ambulancias en la batalla de Verdún. Encontró una definición musical para el paisaje de un pueblo abandonado: “no creo que jamás viva algo más profundo, más extraño, que esta especie de terror sordo”. Dedicó su obra La tumba de Couperin a los amigos muertos en combate. Pese a su antigermanismo, se opuso a la prohibición de la música alemana en Francia.

El arte como camuflaje

Gracias a la influencia de su padre, Paul Klee evitó la primera línea y se empleó en la retaguardia como pintor de camuflaje de los aviones alemanes. Algunos estudiosos sugieren que esa labor influyó en su posterior obra abstracta.

En cualquier caso, nadie llegó tan lejos como el ilustrador británico Norman Wilkinson. Voluntario en la armada, era consciente del peligro de los submarinos alemanes y decidió aplicar sus habilidades artísticas para proteger los barcos aliados. ¿Cómo? Pintándolos con un “camuflaje” que no escondía, sino confundía. El destino de los dibujos cegadores de Wilkinson era simular olas y confundir los límites y dirección de las embarcaciones. Aunque su efectividad no pudo ser científicamente demostrada, el arte nunca estuvo tan cerca de salvar vidas.

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Fuente: ESTEBAN RAMÓN Rtve.es