El Museu Arqueològic analiza el imperecedero rito de usar la testa humana decapitada como trofeo

La cabeza de Oliver Cromwell estuvo 24 años clavada en un pica en la abadía de Westminster hasta que una tormenta la hizo caer. Después no le fue mejor. Fue de aquí para allá como tesoro de coleccionistas varios y solo en 1960, ¡302 años después de su muerte!, fue definitivamente enterrada. La de María Antonieta no fue exhibida obscenamente, pero a la pobre la enterraron con la testa cortada entre las piernas. De Georges-Jacques Danton hay varias estatuas de homenaje en Francia que lo representan de una sola pieza, a pesar de que, según dicen, sus últimas palabras antes de morir en la guillotina abrían la puerta a hacerlo de otro modo: «Mostrad mi cabeza al pueblo, es digna de verse». La enumeración de casos podría seguir, y no por simple morbo, sino para constatar que la cabeza cortada ha sido demasiadas veces a lo largo de la historia un trofeo que, por ejemplo, conecta a los jíbaros amazónicos con la princesa Salomé, lo cual ya es distancia kilométrica y cultural como para que no se le dedique una exposición. Lo hará a partir del miércoles el Museu d’Arqueologia de Catalunya. ‘Cabezas cortadas, símbolos de poder’. Ese es su título. Y la respuesta, antes se que se formule la pregunta, es que sí, hay cabezas.

El uso del cráneo del enemigo como un trofeo es una práctica inmortal. Con recordar las decapitaciones que lleva a cabo el Estado Islámico ya bastaría para subrayar su vigencia incluso hoy, pero por si eso parece poco, también es posible viajar hasta Borneo, donde en pleno siglo XXI los cortadores de cabezas dayaks mantienen viva esa costumbre que les ha hecho tan temibles como célebres.

El relato que plantea el Museu d’Arqueologia de Catalunya tiene su punto de partida mucho más atrás, hace más de 2.200 años, gracias, sobre todo, a Ferran de Sagarra, historiador tal vez algo eclipsado por la figura de su hijo escritor, Josep Maria, pero que en 1904 mostró una perspicacia privilegiada cuando en el transcurso de una excavación en el poblado íbero de Puig Castellar (Santa Coloma de Gramenet) fue hallado un cráneo ensartado en un clavo de hierro de un palmo de longitud. De Sagarra, con no más instrumentos que el método deductivo de Sherlock Holmes, acertó en su conclusión. Aquella cabeza había lucido como un trofeo clavada en la puerta de entrada del poblado. Aquel fue el primer cromo de una colección catalana de cabezas cortadas que a lo largo de 100 años ha crecido de forma notable, la última ocasión en el 2012, en Ullastret, otro gran poblado íbero, con la gracia, en este caso, de que estaba a no demasiados kilómetros de Empúries. El contraste (los hermosos mosaicos griegos, en la costa, y las cabezas empaladas del poblado íbero interior, por otra) debería ser de aquello que las agencias de turismo promocionan curiosamente hoy como una experiencia.

Cabeza ensartada como trofeo encontrada en Puig Castellar (Santa Coloma de Gramanet) siglos IV-III a.n.e.
Cabeza ensartada como trofeo encontrada en Puig Castellar (Santa Coloma de Gramanet) siglos IV-III a.n.e.

GAMBA DE PALAMÓS

De la colección de cráneos de Ullastret ya se realizó una interesante exposición ‘in situ’ hace un año, tras un análisis muy CSI de las piezas. Fue una experiencia muy interesante. Se reconstruyó con ordenador el aspecto de un joven de unos 18 años cuya cabeza terminó en la puerta del poblado. Aquello sí que fue una experiencia, sobre todo porque de los íberos se desconocen demasiadas cosas, entre ellas, por ejemplo, el significado de los textos escritos que han sobrevivido. Pero del análisis de los restos óseos se sacan apasionantes informaciones. Se sabe así que su dieta incluía cereales, carne y lácteos, pero no la estupenda gamba de Palamós. Vamos, que eran poco dados a la cocina marinera.

Aquella exposición de Ullastret es, en cierto modo, el cigoto de la que ahora está a punto de inaugurar el Arqueològic. Lo que se ha gestado es un relato conjunto sobre esa persistencia que ha mostrado el ser humano por dar un simbolismo especial a la cabeza separada del tronco, en los cinco continentes y desde la prehistoria hasta la actualidad. Esta misma semana, sin ir más lejos, un equipo científico ha puesto de nuevo sobre la mesa esta cuestión al anunciar el hallazgo en una cueva de Brasil de lo que se supone que es la prueba de decapitación más anciana de la Tierra. Se calcula que se practicó hace 9.000 años.

La pregunta, llegados a este punto, es: ¿por qué la cabeza es un trofeo? La respuesta no es fácil, admite la comisaria de la exposición, Carme Rovira-Hortalà. El corazón y la sangre del enemigo han sido en muchas culturas utilizados también de forma ritual, pero la cabeza tiene algo especial. No es necesariamente que se suponga que ahí reside la inteligencia. La función del cerebro ha sido un interrogante no siempre bien resuelto. Aristóteles, una mente privilegiada sin lugar a dudas, defendía que el cerebro era un órgano menor, simplemente un dispositivo para enfriar la sangre, como el radiador del coche. «Tal vez no era el cráneo el trofeo, sino las facciones», apunta la comisaria.

Es un punto de vista bien apuntalado. El software de nuestra inteligencia está programado para identificar caras, tanto que es capaz de verlas incluso donde no las hay. Las caras de Bélmez y las apariciones marianas no son más que el producto de esa predisposición de nuestro cerebro a identificar un rostro. En ese sentido, resulta revelador que los galos, de quienes se supone que los íberos copiaron unamunianamente ese invento de cortar la cabeza y ensartarla en un clavo, le aplicaban a la testa un tratamiento con aceite de cedro para que conservara algo de su aspecto original. En Ullastret y Puig Castellar, por lo que fuera, esa técnica no llegó a emplearse, pero en cambio está bien certificado que el proceso de empalar la cabeza era un proceso nada bruto, al contrario, había detrás un depurada técnica. pues de no ser así lo más probable es que lo único a exhibir hubiera sido un puzle.

UN SALTO DE 2.000 AÑOS

El caso es que, como relata con paciencia la exposición, el uso de la cabeza como trofeo es algo universal. Los museos de Perú tal vez sean los que atesoran más piezas e historias que contar. En Francia, la guillotina dio pie a abundante literatura sobre esta cuestión. La aportación de Catalunya a esa enciclopedia internacional de la decapitación es cualitativamente importante, por lo sucedido en tiempos de los íberos, pero en cantidad no es notable. De hecho, hay que hacer un salto de casi 2.000 años hacia adelante para encontrar otro episodio remarcable, el del general Josep Moragues, verdadero mártir del 1714 (no como Rafael Casanova), cuya cabeza permaneció enjaulada durante 12 años en una de las puertas de acceso a la ciudad. Pasado ese tiempo, la viuda logró darle sepultura.

‘Cabezas cortadas, símbolos de poder’ se inaugura el 1 de octubre y permanecerá abierta al público hasta el 10 de enero. El lugar queda algo a trasmano. Es uno de los problemas enquistados del Museu Arqueològic, su dirección postal, en el paseo de Santa Madrona. Y es una lástima, por que esa inmersión en las decapitaciones a lo largo de la historia que propone el actual equipo directivo del museo tendría garantizado el tirón de un ‘Human Bodies’ en otro lugar. Con todo,Josep Manuel Rueda, director del museo, prefiere antes que nada hacer una advertencia: morbosos, abstenerse. Todos los restos humanos ahí expuestos, avisa, son tratados con el máximo respeto.

Fuente: El Periódico de Barcelona – Carles Cols