Las murallas de Madrid juegan al escondite

Hoteles, restaurantes, bibliotecas y patios de casas particulares son algunos de los peculiares yacimientos que «esconden» restos de las murallas árabe y cristiana de Madrid, una consecuencia lógica del crecimiento de la ciudad, pero que todavía hoy asombra a turistas y madrileños.

«Me da apuro tocarla», reconoce una de las inquilinas del edificio situado en la Cava Baja número 30 mientras contempla el impresionante fragmento de muralla cristiana que alberga el patio interior del inmueble, de más de diez metros de ancho y con una altura de tres pisos.

Según cuenta esta joven madrileña, los propietarios del piso ya le advirtieron antes de alquilarlo que, como el resto de los vecinos, podía recibir con frecuencia llamadas al telefonillo de gente interesada en ver este trozo de historia del siglo XII, como recuerda un cartel que hay nada más atravesar el portal.

«Todo el mundo tiene derecho a ver esto», comenta otra vecina mientras pulsa el interruptor de las luces que alumbran la muralla, escondida a ojos de los turistas a pesar de estar en pleno barrio de La Latina y casi enfrente de Casa Lucio, uno de los restaurantes más populares de Madrid.

Restos de muralla cristiana en la Cava Baja de Madrid. (EFE)
Restos de muralla cristiana en la Cava Baja de Madrid. (EFE)

Un poco más abajo, en los números 12 y 14 de la misma calle, dos hoteles presumen de contener más restos de la muralla cristiana en el subsuelo de sus respectivos bares y restaurantes, situados a pie de calle, y que lucen orgullosos a través de cristaleras.

«Muchos huéspedes nos preguntan de qué época son«, relata la recepcionista del primero de estos establecimientos, que utiliza las zonas de yacimiento como bodega y expositores de botellas y cajas de vino.

Asegura que siempre dejan pasar a curiosear a gente ajena al local «a no ser que el restaurante esté lleno».

En el restaurante del hotel contiguo también están acostumbrados al trasiego diario de turistas y madrileños que acuden en busca de los fragmentos de la muralla cristiana, que en esta zona de la Cava Baja están mucho más deteriorados, hasta el punto de poder apreciar claroscuros entre montones de ruinas.

«Mucha gente nos pide reservar mesas sobre la cristalera de la muralla», indica la recepcionista de este hotel, construido en torno a una corrala del siglo XIX.

Fuera, una pareja de madrileños se asombra de que en estos edificios por los que han pasado delante tantas veces haya restos de muralla cristiana.

«Es curioso, no tenía ni idea», comenta el hombre.

En una de las paredes de la biblioteca del Instituto Italiano de Cultura, al final de la calle Mayor, se conserva un fragmento de la muralla árabe que pasa desapercibida para alguno de los trabajadores y hasta hace poco no había identificado la joven que atiende en la entrada de la sala.

«Supe lo que era porque vino un grupo de turistas el otro día con un guía», dice sobre este monumento histórico que, como la muralla cristiana, goza de la máxima protección al ser declarado Bien de Interés Cultural (BIC).

De la fortificación árabe, del siglo IX, se conservan menos restos que de la cristiana, en parte porque originalmente tenía una extensión mucho más reducida (3 hectáreas frente a 37) pero, según asegura Pilar Mena, arqueóloga de la Dirección General de Patrimonio de la Comunidad de Madrid, «puede salir mucho más» ya que gran parte está en el subsuelo.

Los restos visibles más conocidos de la muralla árabe están en los alrededores de la Catedral de la Almudena, junto a un aparcamiento al aire libre, un lugar que como los anteriores puede resultar sorprendente para albergar un yacimiento pero que, según argumenta la arqueóloga, es una consecuencia lógica del proceso de crecimiento de la ciudad.

«Las murallas servían para limitar parcelas y como cantera», explica la experta en patrimonio.

Javier González, vocal de la Junta de Gobierno del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid (COAM) corrobora este extremo al decir que es «perfectamente normal» encontrar fragmentos de fortificaciones en sitios que a priori pueden parecer insospechados.

«Se iban derribando o ampliando en función de la necesidad», apunta.

Los propietarios de locales públicos que conservan restos de murallas cuentan con muchas restricciones a la hora de hacer obras y, además, se tienen que encargar de sufragar los gastos de mantenimiento y de arreglo de posibles desperfectos.

A cambio, disfrutan de ciertas ventajas, como la exención del IBI (impuesto sobre bienes inmuebles), y cuentan con un «valor añadido» que les ayuda a dar publicidad a sus negocios y a atraer a posibles clientes deseosos de ver de cerca parte de la historia oculta de Madrid.

Fuente: agencia EFE

 

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