La mujer en la Antigüedad: Egipto, Grecia y Roma

 

 

 

 

Por David Benito
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Aprovechamos la celebración del día de la mujer trabajadora -que sirva como pequeño homenaje- para conocer su rol en la antigüedad, en culturas parejas a nivel cronológico pero dispares a nivel de derechos y obligaciones. Para ello entrevistamos a Sandra Rubio, graduada en Derecho y en Publicidad y Relaciones Públicas, además de gran amante de la historia y autora del libro Derechos De La Mujer En La Antigüedad. Ella nos radiografía a las mujeres en Egipto, Grecia y Roma y nos detalla la evolución que sufrieron las integrantes femeninas en cada una de estas culturas. Estuvimos con ella y esto fue lo que nos contó.

P.- En tu libro tratas a la mujer en tres culturas de la antigüedad, Egipto, Grecia y Roma. ¿Qué diferencias había en las mujeres de cada una de ellas?

R.- Cuando te inmersas en estas culturas, desde la perspectiva del género, te llevas muchas sorpresas. Es un tema realmente apasionante del que siempre quedan cosas por descubrir, traducciones erróneas, preconcepciones, hallazgos arqueológicos y nuevas teorías que tambalean los cimientos que creíamos eran la realidad absoluta en estas antiguas sociedades.
Todas ellas son civilizaciones fascinantes que intentan regular su sistema jurídico de la mejor forma posible, basándose en sus creencias, tradiciones y circunstancias. Por un lado, para la Antigua Grecia las mujeres eran seres irracionales atraídos por toda clase de vicios. Siguiendo esta concepción, nos encontramos con el levitas animi de los romanos. Muy diferente era la visión de la mujer en Egipto, donde se equiparaba al hombre en derechos y libertades.

P.- En tiempos prehistóricos existe el culto a la diosa madre. Lo vemos reflejado en el arte donde abundan las figuras denominadas “Venus paleolíticas” y el gran número de representaciones de vaginas, todo ello también asociado a la fecundidad. Desde entonces la mujer ha ido perdiendo derechos a lo largo de los años hasta nuestros días en los que recientemente se ha comenzado a luchar por ello. ¿Por qué ha ocurrido esto con la mujer?

R.- Sin duda, la creencia en la diosa madre y concepción de la mujer como algo cuasi-divino, por su poder de engendrar vida, fue muy importante en todos los inicios de las grandes culturas. Estas creencias devienen de un pasado mucho más arcaico y tribal. Encontrar la respuesta a este cambio de papel y la función de la mujer en la religión y en la sociedad podría llevar a discutir miles de respuestas. En mi humilde opinión, la forma de obtener el derecho a la ciudadanía es una de las más importantes. Imaginemos que vivimos en una tribu primitiva de cazadores-recolectores donde todos contribuyen en los trabajos del día a día y en la protección de sus miembros. Una de las principales maravillas que nos asombraría y de la que dependería nuestra supervivencia sería la fertilidad, ya sea la humana o la de la tierra. Nos maravillaría el hecho de ver una planta crecer y un niño nacer. Ahora imaginemos que esta tribu ya practica la agricultura, puede que en un momento no existiese la propiedad de la tierra y todos los miembros la disfrutasen en una especie de usufructo. Sin embargo, tarde o temprano, el ser humano llegaría a reclamarla en propiedad –si no fuese alguien de la propia tribu sería de otra tribu rival– y con la propiedad viene la herencia.
De este modo, el milagro de la fertilidad pasa a un segundo plano, ya que es algo que el ser humano, –en cierta medida– puede controlar. Lo que no puede controlar el hombre es la veracidad de sus herederos, ya que el dicho de que la madre siempre cierta es dejar patente el miedo que puede tener cualquier hombre a tener herederos ilegítimos. Por estas circunstancias, en mi opinión, la figura de la mujer fue cambiando. Además, hay un paso más allá, y es cuando estas tribus se convierten en sociedades en las que hay que regular el hecho de formar parte de la élite: el heredar los derechos de ciudadanía. Algo que es sin duda el determinante principal de la vida que se vaya a tener. Por ello, entre otras muchas razones, en culturas más permeables como la egipcia la mujer disfruta de mayor libertad. De hecho, en esta civilización, ni siquiera existió el concepto de hijo ilegítimo y llegaban a ser representados, incluso en las escenas funerarias de la familia.
Mientras tanto, en Grecia y Roma la mujer veía tanto sus movimientos como sus acciones mucho más limitadas debido a la necesidad de proteger los derechos de los herederos. De ahí que los griegos reflejaran su sorpresa al encontrarse con sociedades donde se copulaba libremente y se atribuía el parentesco por razones tan azarosas como el parecido físico, tal y como ocurría con el pueblo libio. Por tanto, la legitimidad de los herederos es un concepto que influyó determinantemente en la limitación de las libertades de las mujeres.

Foto: David Benito
Foto: David Benito

P.- ¿No crees que el dejar a la mujer en un segundo plano en muchas etapas de nuestra historia puede deberse por el simple hecho del miedo, de temer que fueran mejor que ellos?

R.- No sé si pienso ­–o me gustaría pensar– que las razones de que la mujer haya estado relegada tanto tiempo se deben eminentemente a razones religiosas y legislativas. Sin embargo, estoy totalmente de acuerdo en que el cambio no se ha producido antes precisamente por este desafortunado temor.

Al igual que los romanos se dieron cuenta con el tiempo de que la mujer no necesitaba ningún tutor para accionar libremente, el ser humano se ha estado dando cuenta de esta injusta desigualdad desde hace milenios. Una y otra vez el cambio ha sido retrasado, pospuesto o eliminado por ciertos grupos que han temido precisamente que la mujer se convierta en igual. Porque, tal y como advertía Tito Livio: ‘en el mismo instante en que sean iguales, serán superiores’.  Por suerte en todas las épocas, hasta en las más oscuras para las mujeres, siempre ha habido defensores de este cambio tan necesario. Estos defensores no son genios iluminados. Simplemente son personas que ven la injusticia de que otro ser humano sea maltratado y relegado. Todos tenemos madres, hermanas, mujeres o compañeras. Por ello me duele en el alma que tras tanta lucha todavía haya que alzar la voz para defender lo obvio, pero es necesario.

P.- En Egipto el papel de la mujer era muy diferente a las otras dos culturas. ¿Qué papel jugaban las féminas y con qué derechos contaban a nivel jurídico?

R.- La mujer se podría equiparar al hombre en derechos, obligaciones y aceptación social en general. Tenía los derechos más altos, como son los políticos. Ninguna mujer en la Antigua Grecia o en la Antigua Roma pudo disfrutar de ellos. De hecho, las únicas griegas que pudieron gobernar lo hicieron en territorio egipcio.

Además, podían accionar en juicio, tenían derechos civiles, podían poseer, disponer, administrar, legar, testar e incluso heredar. Es decir, eran ciudadanas responsables de sus actos, con capacidad para decidir, libertad de movimientos, libertad para trabajar en el oficio que eligiesen o para elegir marido. Por tanto, su independencia no solo se reflejaba en todos los ámbitos abstractos, sino también el día a día.

Aun así, el estado sabía que había ciertas situaciones en las que la mujer podía salir perdiendo de manera injusta y actuaba para evitarlo. Por ejemplo, Ramsés III asegura que impuso medidas para que las mujeres no fuesen asaltadas. Por otro lado, se decía que toda persona notable debía ser padre del huérfano, marido de la viuda y hermano de la mujer repudiada. Por último, se preocupaban de salvaguardar los bienes de la futura esposa mediante la realización de contratos matrimoniales así como se aseguraban de que no fuera repudiada de manera injusta. Es decir, lejos del Egipto despótico que tenemos a veces en mente, nos encontramos ante un Estado sensible y consciente de los problemas humanos que no solo fomenta la igualdad entre hombres y mujeres, sino que trabaja activamente para mantenerla.

P.- El caso de los contratos matrimoniales son especialmente interesantes, ¿qué tipos de contratos se hacían? El divorcio estaba permitido en las tres culturas, pero ¿era lo mismo divorciarse en un lugar y en otro y se veía de igual forma?

 R.- La principal función de los contratos matrimoniales era la de proteger a la mujer contra situaciones injustas como podría ocurrir en caso de accidente, viudedad o divorcio. A diferencia de hoy en día no tenían por qué llevarse a cabo en el momento del matrimonio sino que algunos de ellos se celebraban muy posteriormente.

Sandra Rubio, autora de "Derechos de la mujer en la Antigüedad" Foto: David Benito
Sandra Rubio, autora de “Derechos de la mujer en la Antigüedad” Foto: David Benito

Es mediante este tipo de documentos por los que se pedía al esposo que adquiriese el compromiso formal de garantizar el bienestar de la esposa si el matrimonio llegase a fracasar por iniciativa de alguno de los cónyuges. Además, también tenían una función extraordinaria en salvaguardar a la esposa de situaciones injustas. Por ejemplo, en el libro menciono el caso que aparece en un papiro del Museo británico en el que un hombre pretende divorciarse de su mujer al quedarse tuerta. Es decir, la situación de las egipcias era tan excepcional comparada a la de las griegas y romanas que, ante el divorcio, no solo recobraban los bienes que ellas mismas hubiesen aportado al matrimonio –o en su defecto, su valor– sino que también les correspondía un tercio de los bienes obtenidos en común. Mientras que las griegas y las romanas apenas podían recuperar su propia dote y mucho menos disponer de ella, las egipcias no solo podían recuperar sus bienes, sino parte de los gananciales. Aparte de que podían disponer de ellos durante, o después, del matrimonio con total libertad. Si esto no se llevaba a cabo, podía reclamar su derecho con total libertad y continuar su vida como mujer soltera o viuda, pero como mujer libre e independiente. Mientras que la romana o la griega quedaban desamparadas y en clara desigualdad económica.

Por ello se entiende que el objetivo de que existiese un tutor en estas dos culturas no tenía finalidades que hoy entenderíamos como ‘machistas’, sino la de proteger a quien está en desigualdad de condiciones. En este caso, la desigualdad era innegable ya que tocaba todos los aspectos: jurídico, económico y social.

P.- En líneas generales, ¿variaban mucho – en las tres culturas- los derechos y deberes de las mujeres dependiendo de su posición en el estrato social?

R.- Se dice respecto de la ley que quien puede lo más puede lo menos. Por ello, en Egipto donde una mujer podía llegar a gobernar, una campesina también podría hacer valer su derecho y presentarse en juicio si creía que se había cometido una injusticia en su contra. Por ejemplo, si hubiese heredado una cantidad desigual respecto a su hermano. De esta forma, en Egipto también encontramos los ejemplos más variados de oficios: sacerdotisas, inspectoras del tesoro, médicos, jefas de empresas, entre otras muchas profesiones.

Sin embargo, podríamos decir que es cierto que en todas las culturas la posición social de las mujeres era algo clave a la hora de poder ejercer la profesión que quisieran. Puesto que la regla general de las mujeres era el trabajo dentro del hogar, imaginamos que tan solo unas afortunadas podían dejarlo de lado. Vemos que aunque la mujer fuera tenida por un sujeto incapaz, incluso en Grecia llegaron a influir en la cultura y la política (como Aspasia de Mileto o  la famosa Olimpia, entre muchas otras). La influencia del estrato social es más una suposición lógica que una prueba fehaciente. Ya que también existen dificultades en la documentación para conocer si hubo casos extraordinarios en los estratos más bajos.

En general, el trabajo no era visto como una forma de autorrealización, como hoy en día, sino que las personas menos afortunadas debían trabajar para ganarse la vida. Por ello, no podemos guiarnos por completo por este filtro si queremos investigar la independencia de la mujer en estas culturas.

P.- En cuanto a la infidelidad, ¿cómo era visto tanto en Egipto, Grecia y Roma? ¿Se veía de igual forma si lo había cometido un hombre o una mujer?

R.- Sin duda, hay pruebas suficientes para afirmar que la infidelidad en Egipto fue un acto firmemente rechazado por la sociedad. Digo la sociedad porque, debido a que el matrimonio y el divorcio no estaban regulados por el Estado, era la comunidad la que, en muchos casos, ejercía una fuerte presión para clarificar las normas de conducta en las relaciones sociales. En el libro menciono el ejemplo de Merysejmet y Nesamenenipet, una pareja de amantes que tuvo que hacer frente a una multitud enfurecida. La infidelidad que mayor rechazo causaba, era la cometida con mujer casada. Este acto podía incluso llegar a repercutir en que el espíritu del adúltero no pudiese acceder al más allá.

Así mismo, tanto en Grecia como en Roma la monogamia era la regla exclusiva –ya que el concubinato no se considera poligamia porque las concubinas no eran esposas–. Además, el matrimonio se componía de la moral cívica y la de pareja, como amistad y afecto duradero. Por ello, la infidelidad se consideraba como un ultraje y el cónyuge afectado podía recurrir a la denuncia pública.

Como vemos, es lógico que la infidelidad fuese un acto grave. Debido a que el matrimonio no tenía un acto formal determinado, ni quedaba regulado por el Estado, la amenaza de uniones extramatrimoniales ponía en riesgo los derechos de los cónyuges. Esto se debía a que con el paso del tiempo podía tornarse complicado discernir si una pareja continuaba casada, o se encontraban ante un divorcio o incluso repudio.

 P.- En el caso de Roma, mención aparte merecen las Vírgenes Vestales. ¿Quiénes eran estas mujeres y qué tipo de vida llevaban?

R.- Así es, se trata de un caso muy diferenciado, ya que estas mujeres no quedaban sometidas a la tutela de la mujer. Esto es, que no necesitaban de ningún hombre para ser representadas ni llevar a cabo ningún acto. Como sabemos, las vestales eran sacerdotisas destinadas al culto de Vesta. Un culto que sin duda fue uno de los más importantes en la Antigua Roma, puesto que el destino de Roma quedaba ligado al fuego que se mantenía vivo en su templo.

Su situación jurídica tras ser captadas por el Pontífice Máximo era de total independencia. Finalmente dejaban de estar sometidas a cualquier tipo de potestad privada. Además, a diferencia del resto de romanas, las vestales podían disponer libremente de sus bienes. Todo ello llevaba a una clara contradicción de los principios básicos que sustentaban la institución de la tutela de la mujer. Por ello, este caso se convierte en un punto de inflexión importante para la emancipación de la mujer romana.

La evolución del derecho romano es, sin duda, algo sorprendente y admirable. Con este tipo de excepciones los legisladores van abriendo la puerta a la independencia de la mujer romana y evolucionando hacia la conquista de los derechos más preciados: derecho a disponer, testar, heredar a partes iguales, incluso ser tutora. Hasta finalmente liberarse del yugo de la tutela.

Sandra Rubio, autora de "Derechos de la mujer en la Antigüedad" Foto: David Benito
Sandra Rubio, autora de “Derechos de la mujer en la Antigüedad” Foto: David Benito

P.- Dentro de las tres culturas, ¿existen casos concretos de mujeres que sean casos excepcionales en cuanto a derechos y deberes de las mujeres? Siempre se ha dicho que detrás de un gran hombre se encuentra una gran mujer. En la antigüedad, ¿tenemos casos de mujeres, a priori, sin poder, pero con él en la sombra?

R.- Sin duda hay casos de los más variados. Por una parte, al igual que en Roma estaría el caso excepcional de las vestales, en Grecia encontramos a las espartanas. La mujer en Esparta disfrutaba de grandes privilegios respecto a sus coetáneas griegas tanto en el día a día como en ciertos derechos. Un ejemplo de ello es que pudiesen ser poseedoras/usufructuarias de tierras.

Como personajes individuales encontramos los casos fascinantes de las intelectuales Julia, madre del emperador romano Caracalla y Aspasia de Mileto. Esta última fue maestra en retórica y mujer influyente en la vida cultural y política de Atenas. Por otro lado, Olimpia no solo influye enormemente en la carrera de su hijo Alejandro Magno, sino que también nos avanza el importante papel de las reinas griegas en las culturas extranjeras. En el mismo hilo, como mujeres poderosas e influyentes, encontramos a Mesalina, esposa del emperador Claudio y Teodora, esposa de Justiniano I.

Tras la llegada de los griegos y romanos a Egipto, hubo mujeres que consiguieron defender sus derechos, incluso en este sistema cambiante en el que comenzaban ver sus libertades arrebatadas. Es mención obligatoria la famosa Cleopatra, quien plantó cara a todo un imperio en una época en la que el papel de la mujer ya quedaba en un más que segundo plano; o la tristemente desconocida dama Urnero, mujer de negocios que consiguió defender sus derechos frente a los intentos de su marido para desheredarla.

 P.- Menos en tiempos contemporáneos, la mujer ha tenido que luchar por sus derechos en soledad, ¿hay algún hombre que defendiera a las mujeres?

R.- Sin duda ha habido muchos férreos defensores de la mujer a lo largo de los siglos. Jenofonte planteaba la innovadora postura de ver la participación de la esposa en la vida familiar desde un punto de vista económico. Este escritor e historiador griego defendía la mutua colaboración entre los esposos, como iguales, algo que beneficiaría no solo a la pareja sino a la sociedad entera. Por su parte, Plutarco defendió claramente las virtudes y proezas de las mujeres así como el matrimonio y el amor en que se basa. De este modo, autores e intelectuales reclamaban un papel de la mujer que le era negado.

Además, algunos emperadores y juristas eran conscientes de la falta de modernización del derecho y la injusticia a la que estaba sometida la mujer, por lo que emplearon su actuación para evitar que esto continuara sucediendo. De este modo, encontramos el Código de Solón, gran hito en cuanto a la modernización del derecho primitivo. Así como la Ley de las XII Tablas y las reformas de Augusto, hasta llegar al Senadoconsulto Veleyano, donde finalmente se elimina la institución de la tutela de la mujer. Sin duda, fueron todas estas voces que destacaron entre la multitud lo que obligó a actualizar el derecho arcaico a la realidad social del momento.

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